Una de las características de las sociedades occidentales actuales es que muchos niños y adolescentes han crecido en un entorno de abundancia relativa respecto a generaciones anteriores. No necesariamente abundancia económica para todos, sino abundancia de opciones, estímulos, entretenimiento, protección y acceso inmediato a bienes y servicios. La tecnología ha multiplicado además la velocidad con la que se obtiene información, ocio o reconocimiento social.
La cultura de la inmediatez
El cerebro aprende del entorno en el que se desarrolla. Si una persona se acostumbra desde pequeña a que la espera sea mínima —películas bajo demanda, compras que llegan en horas, respuestas instantáneas por mensajería, videojuegos con recompensas constantes— puede desarrollar una menor tolerancia a la frustración. No porque exista un defecto personal, sino porque apenas ha necesitado entrenar esa capacidad.
La paciencia, como cualquier habilidad, se fortalece cuando se practica. Si casi nunca es necesario esperar, renunciar o perseverar durante largo tiempo para conseguir algo, el esfuerzo pierde valor subjetivo.
La sobreprotección
Muchos padres actuales dedican enormes recursos emocionales y materiales a sus hijos. Lo hacen movidos por el afecto y por el deseo legítimo de ofrecerles oportunidades que ellos quizá no tuvieron.
Sin embargo, cuando esa protección elimina prácticamente todas las dificultades, aparece una paradoja.
Los pequeños problemas de la infancia son precisamente el gimnasio donde se desarrolla la autonomía. Resolver conflictos con compañeros, asumir las consecuencias de un error, ahorrar para comprar algo deseado, aceptar un «no», colaborar en casa o responsabilizarse de ciertas tareas son experiencias que construyen competencias psicológicas.
Cuando los adultos resuelven constantemente los problemas antes de que aparezcan, el mensaje implícito puede ser:
- alguien siempre solucionará mis dificultades;
- mis necesidades tienen prioridad sobre las de los demás;
- el malestar debe eliminarse inmediatamente.
Estas creencias pueden dificultar la adaptación a la vida adulta.
El riesgo de convertir al hijo en el centro absoluto
En muchas familias contemporáneas, especialmente con pocos hijos, toda la organización familiar gira alrededor de ellos: horarios, vacaciones, economía, ocio e incluso las relaciones sociales de los padres.
Eso puede transmitir una idea involuntaria: que el mundo debe adaptarse continuamente a sus deseos.
Pero la realidad adulta funciona de otra manera. El trabajo exige cumplir obligaciones aunque no apetezcan; las relaciones requieren ceder; la convivencia implica aceptar límites; la sociedad no responde siempre a las expectativas individuales.
Cuando existe un contraste muy grande entre la infancia y la vida adulta, el choque puede ser intenso.
La satisfacción inmediata frente al esfuerzo
Existe una diferencia psicológica importante entre recibir algo y conseguirlo.
Cuando un objetivo requiere planificación, ahorro, disciplina o perseverancia, no solo se obtiene el resultado final; también se desarrolla la confianza en la propia capacidad para superar obstáculos.
Si gran parte de los deseos se satisfacen automáticamente, puede disminuir la percepción del valor del esfuerzo.
No significa que haya que educar desde la privación, sino comprender que el esfuerzo también es una necesidad educativa.
La autoestima y la tolerancia al fracaso
Durante años se popularizó la idea de proteger la autoestima evitando críticas o frustraciones.
Hoy muchos especialistas señalan que una autoestima sólida no nace de escuchar continuamente que uno es especial, sino de comprobar que es capaz de afrontar dificultades reales.
Un adulto seguro suele pensar:
«No siempre acierto, pero puedo aprender.»
En cambio, quien apenas ha experimentado el fracaso puede vivir cualquier error como una amenaza a su identidad.
El consumo como forma de afecto
En ocasiones, por falta de tiempo o por sentimiento de culpa, el afecto termina expresándose mediante regalos, experiencias o concesiones constantes.
El problema no está en regalar, sino en que el cariño quede asociado al consumo.
Cuando esto ocurre, existe el riesgo de que la satisfacción emocional dependa cada vez más de estímulos externos, dificultando el desarrollo de la gratitud y la capacidad de disfrutar de lo cotidiano.
¿Qué ocurre cuando llegan a la adultez?
No existe un único resultado, pero algunos riesgos descritos por la literatura psicológica incluyen:
- menor tolerancia a la frustración;
- dificultad para aceptar normas y autoridad;
- escasa perseverancia cuando aparecen obstáculos;
- expectativas elevadas respecto a lo que los demás deberían ofrecer;
- dependencia prolongada de la familia para resolver problemas cotidianos;
- dificultad para retrasar recompensas;
- mayor vulnerabilidad emocional cuando la realidad no coincide con las expectativas.
Conviene subrayar que estos rasgos no aparecen necesariamente en todos los jóvenes ni tienen una única causa. También influyen la personalidad, el contexto económico, la educación, las experiencias vitales y el entorno social.
También hay factores que conviene reconocer
Sería injusto atribuir los cambios únicamente a una supuesta falta de esfuerzo juvenil. Los jóvenes actuales afrontan desafíos específicos:
- un mercado laboral más incierto en muchos países;
- acceso constante a comparaciones sociales mediante redes sociales;
- mayor presión por el rendimiento académico y profesional;
- incertidumbre sobre vivienda, estabilidad económica y futuro.
Es posible que algunas conductas interpretadas como impaciencia o desmotivación reflejen también la interacción entre estas presiones y un entorno digital que favorece la recompensa inmediata.
El papel de los padres
Quizá la enseñanza más importante es que amar no consiste únicamente en proteger o proporcionar.
Educar implica encontrar un equilibrio entre apoyo y autonomía. Los hijos necesitan sentirse queridos, pero también experimentar que existen límites, responsabilidades y consecuencias.
Un padre que nunca permite que su hijo se esfuerce puede evitarle un malestar presente, pero también privarle de desarrollar recursos que necesitará en el futuro. Del mismo modo, un padre que sacrifica permanentemente su propio bienestar para satisfacer cualquier deseo del hijo puede transmitir, sin pretenderlo, una visión poco realista de las relaciones humanas, donde las necesidades ajenas quedan subordinadas a las propias.
En ese sentido, una educación equilibrada combina afecto con exigencia, protección con autonomía y apoyo con responsabilidad. Los estudios sobre estilos parentales suelen encontrar que los mejores resultados a largo plazo se asocian a familias que muestran calidez emocional, pero también establecen normas claras, expectativas realistas y oportunidades para que los hijos asuman responsabilidades acordes con su edad.
En definitiva, el objetivo no es criar personas a las que no les falte nada, sino personas capaces de desenvolverse cuando les falten algunas cosas, cuando aparezcan dificultades y cuando deban construir su propio camino. La resiliencia, la responsabilidad y la gratitud no suelen surgir de una vida sin obstáculos, sino de aprender, desde edades tempranas, que el esfuerzo, la espera y la capacidad de afrontar la frustración forman parte natural del crecimiento.
Ana Isabel Rozas Prieto
Psicóloga General Sanitaria. Nº de Col. CL-2813


